La tarde convertida en dulces relampagueos de luz, fundidos con el mar.
Cincelas los colores que se van apagando, con tus dedos encerrándose en la arena, como queriendo no salir más.
Te sonríes sin saber razones para ello, creyéndote única en tu universo, pero sabiéndote pequeña, incluso, un granito de arena.
De a poco se extiende la noche sobre esa porción de tierra, que sientes tuya, y la luna aparece en el cielo que, oscuro, te pesa.
¿Qué importa ya, todo lo demás?
Suspiras.
El viento pretende llevarte hasta el alma, y no lo dejas.
Allí estás, en ese espacio que nadie nunca te arrebatará.
Las olas van y vienen, trayendo quién sabe desde dónde, aquellas sensaciones que acumulas en tus sentidos.
¿Qué otros pies habrán tocado esas aguas antes que los tuyos?
¿Qué otros ojos estarán admirando ahora, esas mismas piedras que has arrojado al mar?
Cierras tus párpados y sientes…
Ah, todo.
Te inunda el sabor de lo inmenso, de lo que no tiene tiempo, de lo que no puede ser abandonado.
Respiras una y otra vez, como si recién aprendieras a hacerlo, como si nunca antes hubieras abierto los poros para sentirte viva…
¡Viva!
¡Eso era!
¿Hacía cuánto tiempo que buscabas comprender esa palabra?
Y allí, en aquel lugar perdido de las sombras de los recuerdos, donde tus pulmones respiraban momentos y tus venas palpitaban serenidad, allí comprendías…
Entonces te quedaste a llenarte de vida, hasta que la Madre se fundió con el océano, dando paso a los pequeños rayos de sol que te indicaron el camino de regreso a casa.
Casa.
Por fin, habías encontrado el lugar que algún día llamarías hogar.
Cincelas los colores que se van apagando, con tus dedos encerrándose en la arena, como queriendo no salir más.
Te sonríes sin saber razones para ello, creyéndote única en tu universo, pero sabiéndote pequeña, incluso, un granito de arena.
De a poco se extiende la noche sobre esa porción de tierra, que sientes tuya, y la luna aparece en el cielo que, oscuro, te pesa.
¿Qué importa ya, todo lo demás?
Suspiras.
El viento pretende llevarte hasta el alma, y no lo dejas.
Allí estás, en ese espacio que nadie nunca te arrebatará.
Las olas van y vienen, trayendo quién sabe desde dónde, aquellas sensaciones que acumulas en tus sentidos.
¿Qué otros pies habrán tocado esas aguas antes que los tuyos?
¿Qué otros ojos estarán admirando ahora, esas mismas piedras que has arrojado al mar?
Cierras tus párpados y sientes…
Ah, todo.
Te inunda el sabor de lo inmenso, de lo que no tiene tiempo, de lo que no puede ser abandonado.
Respiras una y otra vez, como si recién aprendieras a hacerlo, como si nunca antes hubieras abierto los poros para sentirte viva…
¡Viva!
¡Eso era!
¿Hacía cuánto tiempo que buscabas comprender esa palabra?
Y allí, en aquel lugar perdido de las sombras de los recuerdos, donde tus pulmones respiraban momentos y tus venas palpitaban serenidad, allí comprendías…
Entonces te quedaste a llenarte de vida, hasta que la Madre se fundió con el océano, dando paso a los pequeños rayos de sol que te indicaron el camino de regreso a casa.
Casa.
Por fin, habías encontrado el lugar que algún día llamarías hogar.
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Aclaración: La foto es de Bariloche, del Lago Nahuel Huapi, no de ningún mar. Pero combiné éste escrito que tenía de hace tiempo con la foto, porque es ese el lugar al cual algún día me gustaría llamar "hogar".

